Modelo digital de la Croa de Posmarcos
Un balcón sobre la ría
La Croa de Posmarcos se alza sobre una elevación aplanada del Barbanza, ese pequeño macizo montañoso que se precipita al mar entre la ría de Arousa y la de Muros y Noia. El castro fue adquirido por el Concello de A Pobra do Caramiñal en 2024. Desde aquí arriba, dominando el valle de la parroquia de San Isidro, sus antiguos habitantes tenían delante todo lo que les importaba: los caminos que bajaban a la ría, las tierras de cultivo, el horizonte abierto del Atlántico y, a lo lejos, los otros castros que formaban su vecindario en la Edad del Hierro. Porque un castro nunca se entiende en solitario. Es una pieza de una red, un nudo en un paisaje humanizado que llevaba siglos siendo ocupado y transformado.
El sitio que hoy llamamos la Croa de Posmarcos es uno de esos lugares en los que la tierra recuerda. Recuerda las piedras que alguien colocó con cuidado, una encima de otra, para levantar una muralla. Recuerda los hogares donde se cocinaba, las ollas que se rompieron y quedaron soterradas, los residuos de un día cualquiera convertidos, con el paso del tiempo, en información arqueológica.
La muralla que aún se ve
Una de las primeras cosas que los trabajos de 2025 confirmaron fue la existencia de la muralla. No fue un hallazgo inesperado —la topografía ya la insinuaba—, pero confirmar su estructura aportó numerosa información. En el sector suroeste del yacimiento apareció un tramo de parapeto de 2,5 metros de ancho y unos 50 centímetros de altura conservada, orientado de suroeste a nordeste y dibujando en esa zona una ligera curva.
La manera de construirla es la típica de los castros galaicos: dos paramentos externos de piedra —sillarejos de granito colocados en seco— y, entre ellos, un alma de tierra arcillosa muy compactada mezclada con cascajo y cantos rodados traídos del cercano río Lérez.
Un hogar en la croa
Más arriba, en una zona aterrazada de la parte norte de la parcela, apareció una de las imágenes más elocuentes de la vida cotidiana en el castro: los restos de un hogar. Es una estructura circular hecha con piedras de esquisto de gran tamaño que se ven claramente afectadas por el fuego —conservan aún el tono rojizo de la alteración térmica—, y en su centro aparecieron fragmentos de barro cocido rubefactado, es decir, del barro cocido que formaba probablemente la base o el revestimiento de la estructura de combustión. Son apenas 1,30 por 1 metro, pero basta para imaginar lo que allí sucedía: alguien encendiendo el fuego, cocinando, calentándose en las noches frías del Barbanza hace dos mil años.
El hogar está asociado a una capa oscura llena de carbones y material constructivo fragmentado, todo ello sobre un pavimento de xabre amarillo alterado por el calor. La arqueología no siempre descubre grandes monumentos. A veces lo más conmovedor es precisamente lo más humilde: una mano invisible removiendo las brasas.
La huella de las viviendas
Aunque en 2025 no se identificaron restos completos de viviendas, hay un indicio de su existencia: el barro cocido con improntas vegetales. Se trata de fragmentos de arcilla cocida que conservan en algunos casos las improntas del entramado vegetal al que estuvieron adheridos —las marcas de las varas, de los atadillos, de la madera—. Es el testimonio directo de las técnicas constructivas tradicionales de la cultura castreña: armazones de madera y elementos vegetales recubiertos con esas pastas de barro que, al secarse, creaban una pared aislante, resistente y reparable.
Se documentaron dos tipos de pastas diferentes: una más tosca y mal cocida, y otra mejor elaborada, con desgrasantes minerales finos. La segunda se concentra cerca del hogar, lo que sugiere que usaron un tipo específico de preparación para los elementos que iban a estar expuestos al calor. Eran, en definitiva, gente que sabía lo que hacía.